
lunes, 30 de enero de 2012
La historia de Cipriano el Mago

lunes, 24 de enero de 2011
EL GRAN REY PERSA VISTO POR EL MUNDO GRIEGO
Manel García Sánchez: El Gran Rey de Persia. Formas de representación de la alteridad persa en el imaginario griego (= Col.lecció Instrumenta; 33), Barcelona: Universitat de Barcelona 2009, 463 pp., ISBN 978-84-475-3410-4, EUR 50,00*
El objetivo de Manel García en el libro que comentamos a continuación es mostrar la forma que tuvieron los griegos de representarse a los persas. Los griegos desarrollaron una creciente imagen negativa de los persas – como quintaesencia del mal por definición y de todos los vicios imaginables- en el marco de las continuas hostilidades entre ambos pueblos. Tanto griegos como romanos se veían a sí mismos como la única civilización posible y no eran capaces de imaginarse el imperio persa en términos objetivos. Los gobernantes orientales, reyes y reinas, eunucos y concubinas así como el resto de las mujeres pertenecientes a la casa del rey se representaban a menudo de manera fabulosa o estereotipada negativamente. De ahí que el mundo oriental visto a través de ojos griegos resultaba siempre algo exótico, misterioso, peligroso y decadente.
Tema central de este libro es la imagen del Gran Rey persa a la luz de la tradición griega. La problemática de las fuentes se basa primeramente en los prejuicios (22 ss.) que los griegos tenía frente al mundo que les rodeaba incluso antes de las guerras persas, cosa que ya podemos apreciar en sus relaciones con los escitas y lidios: una retórica con clara carga ideológica posibilitó el surgimiento de una identidad griega construida sobre una alteridad imbuida de un marcado carácter antipersa. Los persas fueron identificados con la barbarie, la crueldad, la debilidad y la tiranía, mientras que los griegos eran algo así como la encarnación de los ideales de libertad y cultura.
El libro consta de diez capítulos. Desde el primero de ellos, en el que se sientan las bases metodológicas (19 ss.), el lector entra en contacto con la retórica de la alteridad referida al mundo persa, que para los griegos no era sino un mundo bárbaro. En los siguientes nueve capítulos se pasa revista a los rasgos que presenta el Gran Rey persa desde el punto de vista de las fuentes griegas. Según la opinión de los autores helenos la monarquía persa era algo así como una forma degenerada de gobierno. Temprano ejemplo de ello encontramos ya en la figura del rey Giges de Lidia (60), célebre a causa de su proverbial riqueza y al que el poeta Arquíloco había calificado de tirano (Arquíloco 22 D). La posterior representación del Gran Rey persa desde el punto de vista de los griegos no podía ser de otro modo. El Gran Rey persa era la viva imagen de toda una serie de prejuicios negativos: astucia, crueldad, soberbia, lujuria, irreligiosidad y avaricia.
Con pocas excepciones el monarca persa aparecía lastrado por la hybris, asebeia, anandria y otras graves taras morales (82 ss.), así tenemos los ejemplos de Cambises I, que perpetró actos sacrílegos contra sus súbditos egipcios; Jerjes I, quien a causa de su soberbia desencadenó la decadencia de la dinastía aqueménida o Artajerjes II, considerado el símbolo mismo del afeminamiento. En todo esto M. García ve una retórica moral orientada a construir la imagen del rey. Incluso una excepción positiva como la del rey Ciro (89), juzgado positivamente por Heródoto, Jenofonte y Onesícrito (cf. asimismo Esdras 1, 7-11; 5, 14-15), había de mostrar sobre todo cómo incluso un gobernante virtuoso había de fracasar en su intento de gobernar a un pueblo de bárbaros.
Especial importancia tiene dentro de la retórica de la alteridad el papel que juegan las mujeres y eunucos de la casa imperial (177 ss.). Mujeres y eunucos se consideraban a menudo súbditos dudosos, incitadores de conjuras, y personas siempre deseosas de todo tipo de intrigas. M. García recuerda que desde el punto de vista de la tradicional misoginia griega la mujer persa fue duramente juzgada. El comportamiento sexual y el papel de las mujeres y los (no siempre castrados) eunucos se encontraban en estrecha relación. Poligamia e incesto eran consideradas formas integrantes del modo de vida persa, cuyo destino venía determinado demasiadas veces al dictado de las conspiraciones nacidas en el harén.
Existía una relación entre la desbordada sexualidad de las reyes y sus mujeres con las costumbres culinarias y los banquetes “pantagruélicos” del Gran Rey (327ss.). La gula, el gusto desmedido por el vino y el desmedido apetito de los persas, así como su inagotable gama de recetas exóticas provocaban un sentimiento de escándalo e indignación entre los griegos (334; cf Polieno, Strategika IV, 3, 32).
La crudeza de las costumbres persas hacía explicable a los griegos el ansia persa de guerra y sangre. Pero por muy crueles que pudieran ser los persas, no mostraban valentía en combate sino que eran cobardes (275 ss.), como por ejemplo Darío III frente Alejandro Magno.
La guerra o la paz podían ser una decisión arbitraria, como el caso de Darío I, que era capaz de romper hostilidades contra los griegos tan sólo porque su mujer Atosa deseaba tener siervas de Laconia, Atenas, Corinto y Argos (189, 277, cf. Heródoto III 134, 5; Eliano, Natura Animalium XI, 27).
No es difícil apreciar cómo la tradición griega fue creando una imagen retórica del mundo persa. La cuestión de una descripción objetiva de la vida y carácter de los persas no puede plantearse aquí. La evidente carencia de objetividad y neutralidad exigen que consideremos la cuestión desde otro punto de vista histórico: la historia como ideología y como retórica. Los griegos construyeron su propia identidad nacional contemplando desde un punto de vista moral su mundo circundante y confrontando artificialmente la Hélade con Persia. Lo que encontramos en las fuentes griegas no es sino una pura retórica de la confrontación con el fin de poder superar la amenazadora presencia del reino persa.
Las exhaustivas y certeras consideraciones de M. García constituyen sin duda una importante contribución en la investigación de la alteridad en el mundo antiguo. Nos muestra la retórica de la alteridad y cómo mediante ella los griegos construyeron su propio sentido de la identidad. Pero el autor persigue, asimismo, hacer explícito el punto de vista persa, como en el caso de la religión persa, que no era bien conocida por los griegos (219 ss.), cosa que hace convincentemente dado el dominio del autor no sólo de las fuentes griegas y romanos, sino también de las orientales. La cuestión de la construcción de la identidad occidental griega y la formulación de la alteridad frente a los pueblos orientales es una cuestión que goza ya de una larga continuidad en la investigación actual sobre la Antigüedad.
En la moderna historiografía española la alteridad se ha convertido en una categoría básica de investigación [1], como muestran las más modernas investigaciones sobre historia de América [2] o la Edad Media [3]. No obstante, se echa en falta un capítulo dedicado la historia de la recepción del mundo persa en la posteridad, precisamente porque M. García es un buen conocedor del tema [4]. El libro está dotado de una exhaustiva bibliografía y de unos elaborados índices onomásticos, temáticos y topográficos, cosa que convierte esta obra en una herramienta imprescindible para la investigación de las relaciones entre persas y griegos.
Notas:
[1] Cf. la monografía El otro, el extranjero, el extraño en la publicación española Revista de Occidente 140, 1993; v. asimismo los estudios fundamentales bien conocidos por M. García, como por ejemplo F. Hartog (Le miroir d'Hérodte. Essai sur la représentation de l'autre, Paris 1980) y E. Said (Orientalism, New York 1978), así como Bernal, Black Athena. The Afroasitical Roots of Classical Civilization, vol. 1, Rutgers University Press, 1987 (no citado por el autor).
[2] P. E. García, "La representación del otro. Figuras de la alteridad en la conquista de América", Investigaciones fenomenológicas: Anuario de la Sociedad Española de Fenomenología 7, 2010, 219-231.
[3] R. Bakai, El enemigo en el espejo. Cristianos y musulmanes en la España medieval, Madrid 2007, las fuentes españolas consideran a los árabes un pueblo pérfido, traidor y rebelde (24ss.).
[4] M. García, "La representación del Gran Rey Aqueménida en la novela histórica contemporánea", Historiae 2, 2005, 91-113.
José Antonio Molina Gómez
*Versión castellana del texto original alemán publicado sehepunkte 11 (2011), nº. 1 [15.01.2011], URL: http://www.sehepunkte.de/2011/01/18022.html
domingo, 29 de agosto de 2010
LOS MAESTROS ALEMANES DEL SIGLO XIX

El vértigo y la velocidad de nuestra sociedad “de la información” o la rigidez de los planes docentes no suele permitir que nos detengamos, siquiera sea un momento y más allá de lugares y lemas comunes, en considerar autores que a veces han sido calificados con la peligrosa denominación de “superados” o “desfasados”. El siglo XIX alemán ha conocido personalidades inigualables en las ciencias y las artes, también en
El libro aborda un siglo crucial para el desarrollo de la ciencia histórica, y esto no sólo en Alemania.
En la obra objeto de nuestra atención, reconocidos especialistas en la materia (como acreditan los currícula de las pp. 191-194) ilustrarán las figuras de los fundadores de la historia moderna, desde Fr. Schiller (finales del siglo XVIII) hasta Fr. Meinecke (primera mitad del siglo XX). Peer Schmidt aborda dos figuras verdaderamente fundacionales de la historiografía alemana: Schiller (“El primer historiógrafo de Alemania”, pp.23-41) y Ranke (“Leopold von Ranke: sólo historias, no historia, pp. 43-60). Guillermo Zermeño aborda la figura del autor que sentó las bases metodológicas de la historiografía moderna: “droysen o la historia como arte de la memoria” (pp. 61-88). La gigantesca figura de Th. Mommsen es abordada por Ricardo Martínez Lacy (“Theodor Mommsen: Historiador decimonónico de Roma”, pp. 89-101). Guillermo Palacios aborda la historia cultural a partir de la semblanza biográfica de su fundador: “Jacob Burckhardt y la historia cultural, pp. 103-
La selección de estos autores, y la mención indirecta que se hace a otros a lo largo de estas páginas, ofrece al lector una interesante aproximación a la historiografía germana, aproximación que se hace desde la confrontación entre idealismo y positivismo, las dos tendencias rectoras del momento, enfoque que se emplea como planteamiento central del libro, junto con la tendencia imparable a la profesionalización y especialización de
Pero esta veneración por el hecho objetivo escondía bastantes concepciones subjetivas, como el nacionalismo, de hecho para Ranke las naciones se remiten directamente a Dios. La obra de Theodor Mommsen se estudia en este volumen desde el punto de vista de la ideología política y nacional del autor, y en concreto desde la identificación de la propia Roma en su proceso de unificación de la península itálica con
No se trata en este libro de presentar al lector disecta membra, artículos apenas vertebrados entre sí como por desgracia ocurre en volúmenes de esta naturaleza, sino que se advierte claramente la concepción global y unitaria que anima la obra, en parte gracias a la introducción aclaratoria del propio compilador (“Introducción. Del idealismo al historicismo”, pp. 9-22), pues es aquí donde se evidencia que no estamos ante una colección de ensayos sobre la historiografía alemana del siglo XIX, sino ante una selección de estudios sobre autores considerados significativos y característicos del siglo XIX alemán, a través de los cuales se aprecia las dos grandes tendencias de esa época: el idealismo (en palabras de W. von Humboldt, y elegidas por el compilador, “la representación del esfuerzo de una idea en su lucha por alcanzar existencia en la realidad”) y el positivismo (“simplemente mostrarlo que verdaderamente ocurrió”, según Leopold von Ranke, de nuevo citado por el Prof. Kohut).
La obra contiene además sugerentes, aunque breves, menciones a la historiografía mejicana y su conexión con la alemana, como la mención de la influencia más general del historicismo en México (p. 180), o la alusión más concreta a la obra Lucas Alamán, autor de
Finalmente, es mérito del compilador Prof. Kohut haber logrado que aportaciones variopintas entre sí y que pueden ser leídas como contribuciones independientes, tengan un claro hilo conductor, a partir de ideas rectoras, verdadero leitmotiv del libro, como son la confrontación entre idealismo y positivismo, nacionalismo y cosmopolitismo, política y cultura. Quizá por ello hubiera sido mejor disponer la bibliografía de manera unitaria en un único capítulo final, y no por separado en cada capítulo. La obra, en conclusión, aborda de lleno, con solvencia y mucho interés, una de las épocas más importantes para la formación del pensamiento histórico europeo.
Karl Kohut (compilador), El oficio de historiador. Teorías y tendencias de la historiografía alemana del siglo XIX, ed. Herder, Cátedra de Guillermo y Alejandro de Humboldt, México 2009, 198 pp.
El pensamiento histórico de Jaime Balmes

Pese al rechazo –sobre todo ideológico lo que en este país es como decir supersticioso- que muchos sienten por la filosofía y la historiografía decimonónica española, lo cierto es que hubo pensadores en este país cuya obra resultaba plenamente coherente con las corrientes europeas de su tiempo y que haríamos bien en no condenar al olvido o al desprecio, porque muchos de los que así obran- ya sea por soberbia o por ignorancia- no están en realidad, ni lejanamente, a la altura científica ni metodológica de los autores que tanto repudian.
Uno de los pensadores que merece la pena recordar fue Jaime Balmes (1810-1848). Su obra es filosófica y no fue propiamente un historiador. Sin embargo, no son pocas las alusiones a la historia que encontramos en su trayectoria. La agitada situación en España y el ambiente de guerra civil y revolución le hicieron reflexionar hondamente sobre cuestiones políticas e históricas de la vida nacional. Encendido defensor de la monarquía católica, también se interesó por la cuestión social y fue uno de los primeros estudiosos españoles en utilizar científicamente la estadística, lo que le convierte en un precursor de la moderna sociología. Así, por ejemplo, en su obra La civilización plantea la estadística como forma positiva de establecer la verdad de los hechos.
Creemos que, por lo común, se da sobrada importancia a los hechos que se presentan en la superficie de la sociedad, y se prescinde de los que se verifican en su fondo. Los trastornos de los gobiernos, las guerras, el engrandecimiento decadencia de los imperios, se explican demasiado por causas políticas, o por la influencia de ciertos hombres; si se calara más hondo en el corazón de la sociedad, se encontrarían otras causas más profundas, y sobre todo, más naturales y sencillas. El primer estudio preparatorio que a nuestro juicio debiera hacerse en la historia, es la investigación de los datos que pusieran de manifiesto el vivir de los pueblos; entendiendo por esto el formar una estadística, tan exacta y minuciosa como fuera posible, no tan solo de su estado intelectual y moral, de las relaciones de familia, de su religión, de sus leyes, usos y costumbres, sino también, y muy particularmente, de cuáles y cuántos eran sus medios de subsistencia.
Demostró un gran interés por cuestiones exclusivamente metodológicas, y por los medios que el historiador tenía a su alcance para poder establecer la verdad de los hechos, o por lo menos una reconstrucción verosímil de los mismos, cosa que tenía en común con los grandes historiadores de su siglo. El Criterio (1845) es una interesante obra balmesiana que se ocupa esencialmente de los fundamentos básicos para alcanzar el conocimiento. En ella – y más allá de la aparentemente sencilla filosofía del sentido común de la que algunos le acusan- hay menciones a cómo el historiador debe proceder frente a la información que extrae de sus fuentes y cómo puede discriminar lo verdadero de lo falso, cómo puede, a partir de las innumerables informaciones, elaborar un discurso verdaderamente histórico. En el capítulo XI, § III ofrece algunas reglas para el estudio de
Regla 1: es preciso atender a los medios que tuvo a mano el historiador para encontrar la verdad y las probabilidades de que sea veraz o no
Regla 2: en igualdad de circunstancias, es preferible es testigo ocular
Regla 3: entre los testigos oculares, es preferible el que no tomó parte en el suceso y no ganó ni perdió en él.
Regla 4: el historiador contemporáneo es preferible, teniendo empero el cuidado de cotejarle con otro de opiniones contrarias.
Regla 5: los anónimos merecen poca confianza
Regla 6: antes de leer una historia es muy importante leer la vida del historiador
Regla 7: obras póstumas publicadas por manos desconocidas, son casi siempre apócrifas.
Regla 8: desconfianza ante obras basadas en memorias secretas y papeles inéditos, manuscritos.
Regla 9: negociaciones ocultas, anécdotas, deben ser tomado con desconfianza.
Regla 10: tratándose de pueblos antiguos o muy remotos preciso dar poco crédito a cuanto se nos refiera.
Dada la naturaleza de la obra, centrada en el recto modo de acceder al conocimiento, las observaciones son sobre todo de índole metodológica y no puede sorprender que la mayor preocupación balmesiana sea la cuestión del acceso del historiador a la verdad objetiva, el establecimiento positivo de los hechos, la reconstrucción exacta de las cosas como han sido realmente, y cómo habrían de separarse las impurezas o ganga del mineral, las noticias falsas de las verdaderas. Su deseo de acceder a los testimonios directos, le lleva a preferir en la investigación histórica la contemplación del objeto real, del monumento propiamente dicho, ya sea dicho monumento, ya se trate de un objeto material, como puede ser una moneda o una estatua, ya sea una obra literaria salida de la época que se pretende conocer.
Así en el capítulo XX, titulado Filosofía de
Preciso es leer historias, y, a falta de otras, debe uno atenerse a las que existen; sin embargo, yo me inclino a que este estudio no basta para aprender la filosofía de
Pero este trabajo, se me dirá, es muy pesado, para muchos imposible, difícil para todos. No niego la fuerza de esta observación, pero sostengo que en muchos casos el método que propongo ahorra tiempo y fatigas. La vista de un edificio, la lectura de un documento, un hecho, una palabra, al parecer insignificante y en que no ha reparado el historiador, nos dicen mucho más y más claro, y más verdadero y más exacto, que todas sus narraciones.
Un historiador se propone retratarme la sencillez de las costumbres patriarcales: recoge abundantes noticias sobre los tiempos más remotos y agota el caudal de su erudición, filosofía y elocuencia para hacerme comprender lo que eran aquellos tiempos y aquellos hombres y ofrecerme lo que se llama una descripción completa. A pesar de cuanto me dice, yo encuentro otro medio más sencillo, cual es el asistir a las escenas donde se me presenta en movimiento y vida lo que trato de conocer. Abro los escritores de aquellas épocas, que no son ni en tanto número ni tan voluminosos, y allí encuentro retratos fieles que enseñan y deleitan.
Monumentos, como los monumentos arqueológicos, pero también literarios o epigráficos, pero también literarios como los que reflejan las épocas de bardos, poetas y patriarcas, en ese sentido no hace sino continuar con el lugar común del romanticismo y la literatura europea que valoraba sobremanera a Homero y
Esto nos lleva necesariamente a algo que muchos supuestos especialistas olvidan recomendar a sus alumnos en clase: la pluralidad de lecturas, así en el § III Aplicación a
Son muchos los historiadores del entendimiento; pero si se desea saber algo más que cuatro generalidades, siempre inexactas y a menudo totalmente falsas, es preciso aplicar la regla establecida: leer los autores de la época que se desea conocer. Y no se crea que es absolutamente necesario revolverlos todos, y que así este método se haga impracticable para el mayor número de los lectores: una sola página de un escritor nos pinta más al vio su espíritu y su época que cuanto podrían decirnos lo más minuciosos estudios.
Leer los autores es conocer las fuentes, así se expone en § IV Ejemplo sacado de las fisonomías
En las obras críticas se nos ofrecen extensas y tal vez exactas descripciones del estado del entendimiento en tal o cual época, y, a pesar de todo, no la conocemos aún; si se nos presentases trozos de escritores de tiempos diferentes no acertaríamos a clasificarlos cual conviene, y nos fatigaríamos en recordar las cualidades de unos y de otros, pero esto no nos evitaría el caer en equivocaciones groseras, en disparatados anacronismos. Con mucho menos trabajo saliéramos airosos del empeño si hubiésemos leído los autores de que se trata, quizá no disertaríamos con tanto aparato de erudición y crítica, pero juzgaríamos con harto más acierto.
Ante todo la vivencia propia, individual, personal, intransferible e insustituible, el ir a los hechos mismos, sin dejarse guiar por las experiencias ajenas, sino por las propias vivencias. Uno debe ver por sí mismo. Hay que ver con los propios ojos y no con instrumentos extraños o autores intermedios; no en vano se critica una erudición vanamente ilustrada –la cultura de la nota a pie de página-, que describe pero no demuestra nada, que traza esquemas pero que no desciende a los hechos ni conoce a las personas protagonistas de los mismos ni sus motivaciones.
Probablemente donde deja entrever más sus concepciones de
En 1595 el padre Mariana publica una obra para la época científicamente solvente, y valiente, desde el punto de vista de la conciencia:
El problema de la moral es una constante, no basta con la inteligencia, con la intelectualidad, hay que buscar algo más. En otro de los escritos de Balmes, que lleva por título La civilización, diserta sobre qué debe entenderse realmente bajo el término civilización, qué es, qué cosas la conforman, qué es lo que tiene preeminencia, dónde queda la instrucción pública. En este ensayo se pasa revista a las grandes civilizaciones de
Para Balmes es mucho más grave cuando no coincide la inteligencia elitista con la inteligencia popular. Es importante consignar que según nuestro autor la alta literatura no refleja la verdadera situación de un país, su brillantez puede no ser sino un cortinaje que oculta el lecho de un moribundo. Así, la preeminencia de